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viernes, 19 de abril de 2013

EMPEZAMOS BIEN




Todo pasa demasiado deprisa, hoy realizaré uno de los pasos decisivos para entrar en el mundo adulto, visito las puertas abiertas de la que será mi universidad. Me siento algo extraña, como en una especie de limbo estudiantil, no iré a clase en todo el día pero en realidad acudiré a la que será mi aula durante otros cuatro años más. Clara viene conmigo, anoche me quedé a dormir para así dirigirnos ambas a la estación de manera directa. Allí nos esperan Mónica y Javier, pero cuando llegamos advertimos que no está solo, una chica le acompaña (la envidia recorre mi espina dorsal solo por un momento). Pronto caigo en que conozco a la chica, es del mismo barrio que Javier y también del mío, es rubia con el pelo corto y algo tonta, bueno vale, muy tonta, de estas chicas que se pondrían un vestido con billetes de 500 euros estampados en la tela y diría que el mismo Emidio Tucci los ha cosido a mano. En fin, solo espero que la chica, que se llama Amanda, no vaya también al mismo lugar que nosotros, pero lástima, como era de esperar también quiere ver la Universidad, algo estúpido si tenemos en cuenta que quedan dos meses para selectividad y tiene que recuperar nueve de doce asignaturas, pero bueno, “los tontos hacen tonterías” como diría Forest Gump. Mientras todas estas ideas se hacen hueco en mi cabeza, Clara ya está saludando a Javier, que mirándome con cara de “la chica se me ha enganchado y ya no se con que disolvente separármela” presenta Amanda a mi amiga Clara, la chica me dirige a mí una sonrisa y yo se la devuelvo. Todos nos ponemos de camino para coger el tren. Justo antes de acabar de bajar las escaleras hacia el andén, Carla, una compañera de nuestra clase aparece con su novio. Por fin subimos al tren y comenzamos una agradable conversación…
-Yo de ti no pondría las manos en las barandillas Ali… -Empieza a decir Clara.
-Por esa regla de tres no pongas las manos en el teclado de un ordenador, ni abras una taza del váter, ah, lleva cuidado con los tenedores o cuchillos de los restaurantes…- Se mofa Javier.
-¿Y de las cucharas si? –Le interrogo yo sarcástica.
-Vamos, todo el mundo sabe que la cuchara solo sirve para las sopas, y nadie pide sopa en un restaurante. –Me aclara mi amiga.
-Ah. –Me limito a decir.
A todo esto, Carla y su novio se miran de manera extraña, el parece no sonreír y ella parece absorber la risa por parte de los dos. Amanda se ha acercado totalmente perdida preguntando si sabíamos donde bajar y como acceder a la línea de metro que nos llevará a la universidad. La tranquilizamos y nos bajamos en la parada correcta, para luego caminar hasta la plaza de la Universidad.  
Barcelona es grande, ancha, calles demasiado largas y con mucho tránsito. Pero el novio de Carla no le tiene miedo a nada y de repente cruza una calle con un semáforo en rojo ante la expectación de todos nosotros. ¿Lo increíble? Los coches se paran y le dejan pasar.
Cuando por fin conseguimos llegar a la universidad, sanos y salvos me asusto. Todo es muy espacioso, corro el terrible riesgo de perderme el año que viene, pienso. Y entonces, de repente, sin saber como ni porque Amanda se cae de un mini escalón. Emitiendo un “pom!” muy sonoro en todo el patio, toda la gente se gira. Ella está en el suelo estirada de una manera casi deforme que un mortal no sabría reproducir, y acto seguido dice “Jope, siempre me caigo” con esa voz particular que tiene que parece que viva eternamente con la nariz tapada. Javier se aleja y Clara y yo le seguimos, Mónica viene por detrás y hemos perdido al chico suicida y a Carla de vista.
-Esto solo le puede pasar a ella, solo a ella… - Dice Javier, que tiene un gran sentido del ridículo ajeno.
Nosotras no podemos aguantar la risa, no es ético, ni tan siquiera de buena educación, pero con perdón… se ha dado una hostia DE CAMPEONATO. Para desviar un poco la atención pregunto por Carla, pero nadie sabe nada de ella.
Después de una breve charla y presentación, nos dan paso a unos aperitivos y de repente, Carla y su novio vuelven a estar a nuestro lado.
-¿Pero donde estabas? –Pregunta Mónica deseosa de explicarle la gran caída…
-Me he ido a depilar. –Dice. Sí sí, tal como suena. Se ha ido a depilar en medio de la visita. –Es que no tenía más horas…
-Vaya, que vida más ocupada. Yo me tiro horas decidiendo cuando me paso por la esteticién que hay debajo de mi casa y tú vienes hasta Barcelona para ver la UNI y te marchas para depilarte. Vivimos en un mundo de opuestos. –Sentencia Mónica.
Pero cuando ya creemos que todo ha acabado y que podemos irnos, la Universidad abre un pequeño cattering con desayuno. Veo a la gente formar grandes colas para poder hacerse con un cacaolat y un croissant, como si acabasen de llegar de la segunda guerra mundial, muertos de hambre.
-A ver quien es el primero que se tira el cacaolat encima. –Ríe Javier.
Entonces, de la nada, Carla tiene todo el escote empapado y hay un charco marrón en el suelo. Sí, se ha tirado el cacaolat encima.
Decididos a salir corriendo del edificio y regresar a la normalidad, que parece haber desaparecido desde que entramos a la Universidad, cada uno se dirige a su destino. Javier, Clara, Mónica y yo decidimos pasarnos por la Fnac a comprar unos libros. Las chicas vamos siempre evitando las miradas de aquellos que dan publicidad o buscan gente para contestar encuestas, pero Javier no, Javier siempre tiene tiempo para todo el mundo. Y ¡zas! Unas tres amables señoras nos abordan para ver si podemos realizar una encuesta de “un momento”. Por diferentes condiciones solo pueden realizarlo Mónica y Javier. Entonces, las tres mujeres nos guían hacia el interior de una recepción de hotel y cuando quiero darme cuenta, he perdido a Javier de vista y la mujer que le acompañaba. Las otras dos nos adentran por unas escaleras oscuras y muy sospechosas. El momento perfecto para meterle miedo a Clara. Le guiño el ojo a Mónica y comenzamos la broma.
-Nena… esto está muy oscuro eh, mira que si es todo una trampa y nos secuestran…-Comienzo yo.
-Calla Ali por favor. No deberíamos haber entrado.
-Oh no. Clara, no hay cobertura en ningún móvil, nos van a cortar en trocitos y nos van a guardar dentro de la sala a la que vamos, igual que el caso aquel de los chinos que metieron a dos clientas en un congelador y luego las vendieron. –Dice Mónica. Yo la miro y disimuladamente (yo no se disimular) le digo que se ha pasado tres pueblos, que hasta yo tengo miedo.
Por fin acabamos las oscuras escaleras y accedemos a una sala de lo más austera, con cuatro mesas rectangulares, sillas y un ordenador en cada una. Definitivamente, una imagen un tanto espeluznante. Y ah, no faltan tampoco las paredes repletas de armarios (donde irán nuestros cuerpos). Tomamos asiento y Clara y yo nos miramos y comentamos que seguro que nos ocupa poco tiempo y que son dos tonterías. Pero de eso nada. La mujer saca un dossier de preguntas de unas 20 páginas, además de las preguntas adicionales y todas las puntuaciones que tiene que dar. La encuesta va sobre todas las marcas del mundo mundial de chicles y gominolas y los respectivos anuncios televisivos. Al final, yo tengo la impresión de que la mujer hace la misma pregunta de diferente manera como unas 50 veces. Clara y yo ya nos empezamos a desesperar.
-¿Podéis callaros y estaros quietas? Me ponéis nerviosa. –Dice firme la mujer.
Yo con cara de malas pulgas, le contesto que estaba siendo un momento “muy largo”. Pero al final, cuando conseguimos acabar, yo, incrédula de mí, confío en salir de allí con un par de bolsas de chicles o algo por el estilo. Pero no. En vez de eso salimos con dos botellas de aceite virgen extra.
-¿Has visto que bien? Ya verás que contenta se pone mi madre cuando se lo lleve. ¡Aceite gratis!
-Y treinta y tres minutos de nuestro tiempo perdido. –Acabo por decir yo.
-Buenos chicas, nuestros caminos se bifurcan, yo me voy a comer con mi abuela, hasta mañana –Se despide Javier.
-Hasta mañana. –Repetimos las tres al unísono. Sí, parecemos una secta.

Por fin parece que el día acaba, nos volvemos en el tren, y me pongo a pensar en todo lo que nos ha pasado. Desde luego, no se si los que estaban en la universidad o las mujeres de la encuesta se acordaran de nosotros, pero os aseguro que yo no olvidaré el día que hemos tenido.

Al entrar en casa mi madre me saluda, pero yo solo puedo ver todos los muebles cambiados de sitio, estanterías con las vidrieras quitadas y una cama donde antes había un sofá… Pero eso es otra historia.

Simplemente Alicia.

miércoles, 29 de agosto de 2012

REALIDAD O FICCIÓN.




La mañana había amanecido lluviosa, pero no era de extrañar, en tres semanas no habían visto los rayos del sol en el pequeño pueblo de Suiza. Susan había descorrido las cortinas, para después volver a correrlas. En su mente se había grabado el sonido de las gotas cayendo sobre el alfeizar de la ventana, se había acostumbrado a ese calor bochornoso que se instalaba en su piel desde bien entrada la mañana, los pájaros entonaban unos cánticos demasiado tristes para su gusto, pero muy al pesar de Susan empatizaban de maravilla con su estado de ánimo. Alcanzó las botas de media caña que se calzaba cada mañana y repitió el mismo proceso que el día anterior, vigilando que el pantalón del pijama, color azul, quedase por dentro para mantenerla calentita. Para no romper con la rutina cogió el lápiz que descansaba en la mesita de noche e hizo un malabarismo para recoger su melena castaña en un medio moño, que a ojos de los demás no presentaba ninguna dificultad de ejecutar, pero que a ella le ha costado siete meses de práctica. Su chaqueta de lana colgaba del cabecero de la cama, dio un leve salto y la anudó rápidamente a su cintura. Tropezó con la alfombra ribeteada en todos granates pero consiguió mantener el equilibrio, de nuevo, como cada mañana. Se dirigió a  la pequeña cocina, pasó la mano por la madera húmeda ya de tanta lluvia, cansada, igual que ella, inspiró su aroma y se obligó a regresar a su realidad. Puso la cafetera en marcha mientras se juraba que esa mañana no quemaría las tostadas de nuevo, cogió una taza del armario y se sirvió el café mientras decidía regalarle un par de minutos más a las tostadas. Ya no se molestaba ni en coger paraguas, en su porche varios charcos se habían instalado a vivir, invitando con ellos a un par de ranas a las que Susan les prometía comida si algún día se convertían en su irónico príncipe azul. Se sentó en el banco y encogió las piernas, acercándose las rodillas a la barbilla y creando círculos en el café mientras soplaba, sin intención alguna de enfriarlo. Se repetía una y otra vez si había perdido la ilusión por la vida, pero al momento se recordaba que solo estaba viviéndola de otra manera, de una manera que le dolía cada vez que respiraba y que solo la ausencia conocía, una vida en que la soledad iba acompañada de la rutina. Siempre quiso ser escritora, cuando vivía en Nueva
York escribía para la columna de sociedad del New York Times, sociedad… como le gustaba ese termino en su particular diccionario, vivía por y para las personas, y ahora solo vivía para una en concreto, ella misma, y se le habían acabado las excusas para empezar a hacerlo bien. Las manos de Susan se habían deteriorado de escribir a mano a diario, como echaba de menos su ordenador, era lo que más encontraba a faltar, tenía miles de hojas escritas, miles de historias empezadas, y una acabada, la única de la que verdaderamente no sabía el final. Sus pensamientos se interrumpieron al darse cuenta de que su cuerpo había tenido un escalofrío, y eso jamás le había pasado desde que llegó a Suiza buscando paz, el frío no la había echo estremecerse nunca, por eso percibió enseguida la sombra que cruzó el conjunto de árboles que había enfrente de su humilde casa. Susan guardaba una escopeta dentro de su armario, fue lo primero que se le cruzó por la cabeza, luego observó al gato que cruzaba frente a ella y se relajó mientras cerraba la puerta tras de si. Se sentó en el sofá, degustando el café frío y retomando las hojas del día anterior, sustituyó el lápiz de su cabeza por una pinza y empezó a redactar como cada mañana, entonces fue cuando le llego el olor y supo que la escopeta no iba a ser necesaria, pero que las imaginaciones nunca le fallaban. No quiso levantar la cabeza, no quiso mirarle a los ojos, no quiso sentir su temor ni llorar su sonrisa desvanecida. Fijó la vista en sus botas de montaña y en sus vaqueros rasgados, se fijó en la manera en que ensuciaba su suelo de madera con el barro adherido a la suela de las botas y la bolsa, la pequeña bolsa que descansaba en el suelo de color azul, igual que su pijama, se obligó a levantar los ojos del papel para encontrarse con un rostro que había envejecido desde hacía un año, con un sentimiento de presión en el pecho que le cortaba la respiración, pero aunque todo eso la mataba por dentro solo pudo formular una pregunta.

-¿Cómo me has encontrado?
-Des de luego no porque dejaras una dirección que consultar.- Aseguró el hombre.

Susan se incorporó y contemplo las arrugas que surcaban el contorno de sus ojos, la sonrisa torcida, pero lo que más la inquietaba era el gesto de sus manos, no las tenía acompañadas de sus brazos en jarra, estaban en los bolsillos del pantalón, donde nunca habían estado.

-Pues entonces te subestimé. –Aclaró ella.
-¿Y ahora que estoy aquí no piensas invitarme a una cerveza? –Que fingiese que su ritmo cardíaco se había acelerado un 200% no significaba que no estuviese sucediendo.
-No, no puedes aparecer aquí como si nada, ¿Qué quieres? –Le escruto Susan.
-Respuestas. –Contestó sereno.
-Pues estás en el lugar equivocado.
-Susan ha pasado mucho tiempo, no puedes esconderte aquí toda tu vida…-Se acercó lentamente a ella, para retirarle el pelo castaño que tanto le gustaba, pero enseguida rehusó su movimiento.
-¿Esconderme? ¡Le disparé a un hombre Clark! Me dejaste sola y me obligaste a disparar, ¿crees que me escondo de lo que hice? ¿Qué me escondo de ti? ¡Me escondo de la persona que no soy yo, yo no dispare, no pude ser yo… -Había pasado tiempo, pero no había mañana que no recordase el brusco sonido de la bala en la pechera de aquel hombre, sin darse cuenta, una lágrima rodó por su mejilla solitaria. Por una extraña razón el llanto no había acudido a Susan desde que se mudó a su nuevo habitat, y ahora, él aparecía y volvía la persona a la que ella tenía miedo, ella misma. Clark la agarró por los hombros y la apretó suavemente contra su pecho, dejando que llenara su camiseta de lágrimas. Seguía oliendo de maravilla.

-Escúchame Susan, ese hombre era culpable. Segundo, ésta eres tu, no tienes dos “yo” paralelos, eres una misma persona refugiada en sus botas desgastadas y su sonrisa medio torcida. Yo no te abandoné, tú te fuiste. He sido un estúpido por no volver a ti en cuanto no me devolviste la primera llamada, y fui un iluso por creer que volverías, pero no aguantaba más sin ti. Pudiste elegir joder, te dejé elegir y aceptaste, ¡nadie te puso una puñetera pistola en la sien para que me acompañases! –La acusó.
Susan se despegó de su cuerpo y le miro a los ojos.

- ¿Quién te crees que eres para venir aquí y soltarme todas esas palabras? ¿Se supone que has venido a alterar el ritmo de mi vida, otra vez? Cogí esa pistola por ti, porque te quería, porque creía que todo acabaría rápido, pero no, mientras yo apuntaba al corazón de un tío con un arma tú hacías planes para cenar con otra.

-No estaba haciendo ningún plan que no fuera llegar a un acuerdo para sacarte de debajo de esa maldita camioneta y meter a Sara en tu lugar. Me la jugué llevándote conmigo y luego me volví a jugar mi propio trasero intentando que una de las polis de vigilancia se pusiera en tu lugar, todo fue una insensatez, ¿te crees que pude pensar con claridad? Ese tío nos estaba esperando, cualquiera de todos los que estábamos allí teníamos la orden de disparar, todos menos tu, ¡te di la pistola para mantenerte a salvo, nunca creí que lo harías!
-¿Y que te matara de un tiro a ti? Clark vete por favor, aquí tengo mi tranquilidad, no hay tiros ni sospechosos, no estás tu… - Dijo Susan.
-¿Me tienes miedo a mi? –Ya no aguantaba más, se acercó a ella de nuevo y la besó allí mismo, le rodeo la cintura con una mano, y le susurro al oído.
-No puedes tener miedo del que daría la vida por ti, perdóname Susan, renunciaré a mi cargo, me quedaré contigo a ordeñar vacas. – Le aseguró, y obtuvo la respuesta que esperaba, una silenciosa risa en medio del llanto.
-No ordeño vacas… quiero volver a casa, a mi casa en la ciudad.
-Por supuesto nena, en breves estaremos allí, todo está preparado.- Y volvió a besarla.
 -¿Y porque te has traído una bolsa con ropa y demás, si sabías que volvería contigo hoy mismo?
-Uno es previsivo, en esa bolsa solo hay una manta por si tenía que dormir en el porche esperando a que me abrieras la puerta. –Dijo mientras sonreía.
-Esa era mi primera opción.
-¿Y la segunda? –Pregunto Clark curioso.
-Decirte que te quería.- Y esta vez fue ella la que cubrió la  boca de él con sus propios labios.
-Me gustan las segundas opciones.-Afirmó.
-Y a mi las segundas oportunidades.

Susan y Clark volvieron al origen de todo, al estudio donde su ordenador y su máquina de escribir la recibieron con buena gana. Allí, él no tuvo que renunciar a su misión en el cuerpo de policía y ella se armó de valor y publicó su historia. Aunque había pasado tiempo y los sentimientos entre ambos no cambiaron hubo algo que Susan no pudo abandonar de aquel prado verde, las botas de montaña y su taza matutina de café, al igual que el olor de la lluvia, seguían con ella.

-Y fin, ¿Qué te ha parecido? –Le pregunté a Clara.
-Pues la verdad no se por que me lees las tres últimas páginas de tu libro preferido sin motivo.
-Hemos de encontrar nuestro “yo” sin dividirlo en paralelos. –Le afirmo.
-Eso no tiene sentido Ali. –Clara cree que las historias de amor como esta solo ocurren en los libros.
-Claro que si, te estoy intentado decir que los libros a veces reflejan nuestros miedos de cerca y luego nos ayudan a enfrentarnos a ellos.
-¿Significa eso que vas a darle una oportunidad a Javier? –Se alegra mi amiga.
-En absoluto, estoy diciendo que cuando tenga que dispararle a un tío por su culpa, le daré una oportunidad, era por si no te había quedado claro que no quiero me conciertes más citas con él. ¡Buenas noches!
-¿Me has dado la brasa con tres paginas de algo que no entiendo solo por eso? Realmente estás chiflada, por cierto habéis quedado mañana a las cinco, acuérdate, buenas noches. –Y cuelga, genial, todo esto no ha servido de nada, quizás si le hago algo parecido a él me deja en paz… O algo al estilo, como dejar a un chico en diez días, ¡genial! Este será mi próximo plan.

Simplemente Alicia.

jueves, 28 de junio de 2012

ÚLTIMAS OPORTUNIDADES





Las cosas no suceden porque sí. Ella lo sabe bien, ella, que me robó cada aliento que quedaba en mí. Que olía a margaritas y crema de coco. Que siempre llevaba sus botas vaqueras, aunque estuviésemos a 35 grados.  Ella que deseaba un campo de amapolas y un velero en el mar.  Que afirmaba que los seres humanos sueñan lo que desearían soñar para poder dormirse. Que mantiene la teoría de que se puede uno enamorar más de una vez. Ella, que tanto nombré, despierto o dormido. La misma que besaba con los labios, con las yemas de los dedos y con la nariz. Que arrugaba la frente cuando algo no le salía bien. Que odiaba el pepinillo pero adoraba el pimiento, siempre decía que dos colores para un mismo alimento era digno de respetar. Ella, que estaba un tanto chiflada, y que lo admitía sin pudores. Ahora solo está su ausencia, la ausencia del sonido de sus tacones al volver a por las llaves, seguidas del tintineo de estas, que enseguida se veían abordadas por el ruido del motor del coche. La ausencia de su desorden, de su locura. La ausencia que solo ella sabe dejar, igual que cuando solía ir al supermercado, pero muy, muy prolongado. Ella, que se marchó con una simple nota.
                 “He vuelto a hacerlo.  Esta vez no tiene remedio. Todo lo que destacas de mí, te hace feliz, el problema es que a mí, todas esas cosas me torturan todos los días.
Te quiere, Shana.”


-         No entiendo el final. –Sentencia Clara después de leer el último capítulo por tercera vez.
-         Se muere ella. No es tan difícil Clara, haz un esfuerzo. –Le suplico, deseosa de acabar.
-         Pero es que no entiendo que sentido tiene acabar un libro con su marcha.
-         Se suicida Clara, Shana se acaba suicidando por que para Andrew (el protagonista) los defectos de ella lo hacían sonreír, pero a ella la atormentaban.
-         Genial. –Bien, menos mal, pienso en voz baja.
-         Vale, se supone que tenemos que encontrarle un lado filosófico al libro, así que, si es nuestra última manera de subir nota hay que encontrárselo sin peros. –Declaro yo. Clara me mira como si estuviese loca, pero esperando a que sea yo la que encuentra ese lado filosófico.
-         Se lo que le podemos decir. –Dice, y me preparo para el gran tsunami que viene a continuación. Prosigue.-  Que la vida no tiene sentido alguno si tenemos defectos, tendríamos que ser todos perfectos y así no habría suicidas.
-         Claro, y de paso por que no repartes unas sogas para el cuello y nos suicidamos en comuna, ¡por favor Clara! Hay que explicarle que el sentido de perfección solo se alcanza en la persona que comparte tu vida, porque hace que todos tus defectos se acoplen a sus pequeñas perfecciones, y juntos creáis una armonía. No tienes que fijarte en lo malo que tienes sino en lo bueno que formas junto a alguien. – Mi amiga se ha quedado estupefacta. Yo diría que no respira. Bueno si, por que sino se moriría.
-         Por eso no tienes novio ni vida social. –Dice al fin.
-         Y por eso suspendes tu filosofía.
-         Mira ¡lo he entendido! Por eso nos queremos tanto, porque nos complementamos a la perfección. Ahora repite lo que has dicho más lento que me de tiempo a escribirlo. –Me mira con su carita de cachorrito de gato.
-         Te odio.- La amenazo.
-         Que no que no… es armonía.

Simplemente Alicia.

domingo, 6 de mayo de 2012

HORAS DE BIBLIOTECA (II)



- Y bien, ¿cual es tu pasado oscuro? – Oh por favor, llevaba media hora intentando concentrarme en mi examen de historia y no había manera.
-Se cree el ladrón que todos son de su condición.-Me limito a contestar.
-Vamos, todos hemos cometido un acto delictivo a lo largo de nuestra corta vida.-Afirma Javier.
-A ver... sí, creo que hace un par de años fingí no tener fiebre para poder asistir a un examen.- Digo para que se calle de una vez.
-Querrás decir que fingiste tener fiebre para no presentarte a un examen ¿no?
-¿A ti que te pasa, que además de pasado estás sordo o que?
-Eres increíble, entonces no se que echo te ha hecho crecer de una manera tan y tan grosera.-Me recrimina, está esperando que le contesté, que me enfurruñe, pobrecito, que distracción más absurda ha ido a escoger.
-Mira, puede que tu seas un genio intelectual (lo cual dudo con todas mis fuerzas) pero hay gente que necesita estudiar, así que cállate o ves a darle la lata a otra.

De repente se levanta y se marcha. ¿Realmente le he ofendido? Tampoco he dicho algo tan malo ¿no? ¡Que diantres! Él ha sido el que ha llegado aquí con su perfecta camisa de cuadros azules y su perfecta cazadora de color beige (¿que ser humano del género masculino utilizaba el color beige? ¿Y porque, si era el único que lo utilizaba, le tenía que quedar tan bien?) Y esos vaqueros claros, que resaltaban sus bonitos ojos verdes. Alicia, estás empezando a delirar, me digo a mi misma. No puedo seguir así, no he entrado en la fase tonta desde hace mucho tiempo, no voy a entrar ahora. ¿Por que hay tanto ruido en una biblioteca? ¿No se supone que se tiene que estar callado? Entonces me doy cuenta de que la única que habla, (consigo misma, lo cual es mucho peor) soy yo.  Hinco los codos de nuevo en el libro de historia y empiezo a releer otra vez la segunda guerra mundial. Pero la paz dura poco, de nuevo Javier aparece por la puerta, y lleva con él ¿una lata de coca-cola? ¿Que mosca le ha picado? Se acerca a la bibliotecaria que cuida la planta y se la entrega feliz. La pobre mujer, con cara de pocos amigos y cansada de no escuchar nada durante siete días seguidos no hace otra cosa que hacer caso omiso de él, coger la lata y guardársela en el bolso. Una imagen viene a mi cabeza, la de esa mujer de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, esta noche frente al televisor, con su querido gato, un cuenco de palomitas y la lata de coca-cola de Javier, ni siquiera se ha molestado en añadirle un poco de vodka.

-Echo. –Él se ha vuelto a sentar frente a mí.
-¿Me puedes explicar que has echo?
-Lo que me has dicho, darle la lata a otra ¿no? –Se justifica.

Sin darnos cuenta se pasa el tiempo y es hora de que cierren la biblioteca, son las ocho y cuarto y ya hacen sonar esa musiquita que me pone tan nerviosa, ese aviso de “márchate.” Javier empieza a recoger.

-Siéntate. –Le ordeno.
-A ver si te aclaras eh... ahora que me vaya ahora que me quede... si al final voy a tener razón y no puedes vivir sin mí...
-¿Te quieres callar? Ya es suficiente con esta horrible música. –Le digo.
-Es que es la hora de cerrar. –Me contesta él.
-¿Que hora es? –Pregunto.
-Pues las ocho y cuarto. –Dice consultando su reloj.
-Cierran a y media, de aquí no me voy hasta que sea esa hora. –Acaban de apagar las luces, lo meto todo en mi bolso y me siento de brazos cruzados.
-¿Y me puedes explicar que haces ahora?¿Contemplar la oscuridad?
-Espero, a que se haga la hora de cerrar, la luz del día es tenue pero todavía soy capaz de ver, no es para tanto, estamos casi en verano. – A y veintiocho a la bibliotecaria ya no le quedan uñas que morderse ni grapadoras o lápices que llevarse, me lanza una mirada furtiva, consulto yo el reloj esta vez y decido que es hora de marcharme. –Vamos. –Le digo a Javier.
-He descubierto tu pasado, presente  y futuro oscuro. –Me dice triunfante.
-Ilumíname. -Le digo sarcástica.
-Tu afición es tocar las narices sin tener ningún fin. –Dice con una sonrisa en la cara.


Simplemente Alicia.

miércoles, 18 de abril de 2012

HORAS DE BIBLIOTECA.


  Después de dos semanas de exámenes, ¿Qué es lo mejor que uno puede hacer?  Ir a la biblioteca, por supuesto, acabaría por darle la razón a Clara si no fuera por que no me apetecía levantarme con la resaca del viernes noche. Intento descifrar por que no he pasado de la línea número 23 de mi libro de lectura, (obligatorio de selectividad, no lo dudes). En mi casa es imposible entrar, ya que es una guardería para adolescentes recién nacidos, desesperados por hincharse a chocolate mientras se hacen a la idea de que ese será el último trozo con el que alimentan a su terrible acné. Sí, mi hermano y sus amigos no tienen otra cosa mejor que hacer que ver todos los Barça-Madrid y viceversa  grabados, en casa.

-Déjalos, mientras estén aquí no están sometiéndose al vodka con coca cola.- Me suplica mi madre antes de que salga de casa.
-Mamá, los efectos de una dosis de Barça- Madrid demasiado alta son peores que el vodka con coca cola, tu sufrirás todos los “Gooooooooooooooooooool”
-¿Gol? ¿Gol? ¿Quién ha marcado? –Un pobre corderillo sale del lavabo, mi lavabo, creyendo que el Madrid puede remontar, no importa las veces que lo vea, es igual que Clara, siempre espera que Di Caprio sobreviva en Titánic.
-El Manchester hijo, el Manchester. –Contesta mi madre maliciosa.
-Ay, menos mal… -Y se marcha con los demás, con tal de no oír que ha sido el Barça, contento se queda. Me dirijo a mi madre.
-Adiós mamá, cuando vuelva quiero ver la casa despejada de adolescentes recién nacidos.
-¿Incluido tu hermano? –Me pregunta graciosa.
-A él me he acostumbrado.-Le contesto con el mismo tono de voz.

La biblioteca está vacía, ¿Por qué solo hay mujeres estudiosas? ¿Qué le cuesta a un hombre atravesar estas puertas? A poder ser que no sea adicto a la guerra de las galaxias o cosas por el estilo. Alguien por detrás me tapa los ojos, ¡El duendecillo de las bibliotecas ha escuchado mis plegarias!

-¿Es que nunca dejas de estudiar? –Oh no, ¿no había otro chico? ¿Enserio?
-Hola borde.-Le contesto.
-Me podrías llamar por mi nombre, si es que te acuerdas de él claro…-Me responde ofendido.
-Por supuesto,  ¡hola borde Fernández! ¿Qué haces aquí?
-Vivo aquí, y me llamo Javier.
-¿Vives en la biblioteca? –Digo con una mirada inquisitiva, te odio duendecillo, imitador de cupido, él lo hacía mejor, ¿no había más personas del sexo masculino para elegir? Sin contestar a mi estúpida pregunta se sienta en la silla contigua  -¿Qué crees que haces?
-¿A ti te que te parece? Pido un bocata de calamares. Me replica.
-Puaj. Gracioso aficionado.
-¿Empezamos? –Me pregunta, ¿Empezamos el que? Me digo a mi misma, pero mi subconsciente sigue siéndome fiel y las palabras no me defraudan.
-Yo querría más bien acabar.

Continuará…                                          
Simplemente Alicia.

jueves, 22 de marzo de 2012

LA NUEVA INQUILINA


-Alliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiicia! –Para que Clara me llame así, algo grave ha tenido que pasar. No teníamos clase juntas y me ha pedido que la esperará al salir de clase, viene corriendo hacia mi como una desesperada, yo diría que hasta hiperventila.
-A ver, ¿te quieres calmar? ¿Qué ha pasado? –Le pregunto tranquila.
-Rubia, alta, ojos azules, pelo lisísimo (mi amiga tiene el pelo rizado, daría lo que fuera por tenerlo liso) me cae mal.
-¿Quién te cae mal? -Con ella es mejor hacer preguntas cortas para que la respuesta sea de una medida lógica, si pretendes escuchar a Clara, contestando a una pregunta con más de siete palabras, siéntate primero.
-La nueva. –Repetimos el proceso anterior.
-¿Qué nueva?
-Hay una chica nueva, y es ¡guapa! –No te extrañes, esto en Clara es de lo más normal, si la chica llevase unas gafas redondas al estilo”científico loco” el pelo enmarañado y un vestido horrendo, la hubiese saludado como si la chica llevara en el colegio desde los cinco años.
-Clara, eres consciente de que hay personas guapas en el mundo ¿no?
-Vamos a quedar con ella para ir a cenar. –Cada día me sorprende más, desde luego.
-¡Pero si me acabas de decir que te cae mal! –Le recrimino, seguro que no trama nada bueno.
-Ya,  por eso, vamos a sacarle todos los trapos sucios que tenga, nos haremos las simpáticas.- La miro de manera irónica.
-Yo ya soy simpática, la del plan diabólico eres tu.
-Seguro que quieres participar cuando te diga con quien ha estado todas las horas, incluso la del patio.- Tampoco te extrañes, para mi amiga, la hora del patio es sagrada, todos los cotilleos están en esa parcela del colegio.
-A ver… ¡sorpréndeme!
-¡Con Javier!
-¿Con el borde sexy? –Me extraño a mi misma, he añadido el adjetivo “sexy” sin pensar.
-Sí, ahora es personal, ¿a que si?
-No, ahora me parece genial, así los dos se preocuparán de ellos mismos, y ese tío me dejará en paz a mí.
-Vamos Ali… hazlo por mí, no puede ser perfecta. –Ya me ha vuelto a poner esa carita de gatito…
-Vale, está bien, pero yo soy la poli buena eh…
-¡Pues claro! Tú no sirves para ser mala si no es con un chico que tiene intenciones de arrimarse a ti. –Se está ganando que no la acompañe.
-¿Cómo se llama?
-Javier, ya lo sabes. –Me contesta.
-El tío no, ¡ella!
-Ah! Andrea,  no podía llamarse, yo que se, Sandalia? O Marciana, incluso Anacleta le pegaría más…
-Claro que si cariño, claro que si…- La cojo por detrás y la empujo a la salida, ha sonado el timbre y han empezado a atropellarnos los niños de primaria, pobrecillos, parece que no hayan visto la luz en años.
-Nos vemos esta tarde.-Le digo a Clara, que se aleja decepcionada, seguro que todavía está pensando en nombres extraños para atribuirle a la pobre chica.


Simplemente Alicia.

domingo, 11 de marzo de 2012

El borde “sexy”



El calor ha empezado a aparecer por las calles y Clara y yo hemos acabado la época de exámenes, con lo cual, las terrazas son testigos de nuestras interesantes conversaciones. Hoy Clara ha decidido llegar cuarenta y cinco minutos más tarde de lo acordado, pero como no hay mal que por bien no venga (esto es mentira, todo mal conlleva un mal, y le sacas partido si vas preparado, pero yo siempre voy preparada) saco mi libro del bolso y me sumerjo en la lectura, “¿Quién te lo ha contado?” de Marian Keyes, es probable que leerme libros para mujeres mayores que yo me haga creer que soy una treintañera solterona y que no existen hombres decentes en el mundo (exceptuando al profesor de matemáticas del año pasado, me aprobó sin sacar más de un cuatro). El caso es que no me importa por que me río sola y eso parece hacer gracia a los camareros, que no hacen más que sacarme cacahuetes (He de decir que voy por la tercera coca-cola y que probablemente lo que esos hombres quieren, es hacerme tener más sed.) Por fin aparece clara, y ¿sabéis que dos frases predilectas dice nada más sentarse?

-Por favor tráenos dos coca-colas y un platito de cacahuetes. –Acto seguido me mira fijamente y me dice. –Si no dejas de leer esos libros acabarás creyendo que el hombre perfecto no existe, quitando por supuesto tu profesor de matemáticas del año pasado.
-Llegas tarde.-Le contesto irónica.
-¡Por eso yo vengo a rescatarte! –Me dice Clara alegre, tanto que si salta un poco más se cae de la silla.
-Repito, llegas exactamente cincuenta minutos tarde.

El camarero ha llegado a la mesa sonriendo ¿Qué le hará tanta gracia? , no hace falta que le de más vueltas,  deposita los frutos secos en el lado de Clara, las dos coca-colas, se gira hacia mí y me dice:

-He pensado que estarías un tanto harta de los cacahuetes y te he traído olivas.
-Oh, em… ya, bueno, he cubierto mi cupo, a esta invita mi amiga.- Le digo muy amablemente (mentira de nuevo, mi  cara era de  ¿me estás vacilando o que?) y le paso las olivas a mi amiga, que a su vez responde al camarero con un asentimiento para que se marche.
-Tengo un nuevo fichaje.  –Me anuncia feliz.
-Y no se porque, no me sorprende.-Le doy un sorbo a mi cuarta coca-cola.
-Es guapo, alto, moreno, buf… ¡es terriblemente perfecto! –Mi amiga gesticula con las manos, la pareja de al lado estará pensando que algo grave le pasa y que necesita ayuda, el problema es que no saben hasta que punto tienen toda la razón…
-Repito, no se por que no me sorpren…-No me deja acabar, un tipo moreno me ha tapado el poco sol que llega a mi cara.-Eh señor acaparador, ¿por que no te apartas?-Le digo muy “cordialmente” (falso, erróneo, le miro igual que he mirado al camarero de antes.) Veo a Clara levantarse, darle dos besos al cretino que ha impedido que mi piel,  coja el tono que todas queremos para el verano.
-Hola Javier, que alegría que hayas podido venir, te presento a mi amiga Alicia, estarás con ella en clase de latín, junto a mi, por supuesto. –Madre mía, desde luego me voy a mudar a la mesa de la pareja y a observar el panorama desde lejos.
-Hola Clara, hola encanto.-Genial, lo de encanto es para mí.
-Adiós acaparador.-Hago amago de levantarme, pero Clara me lo impide y me ordena que me siente, vamos, que toca seguirle el juego otra vez…
-Está bien, me debes cuatrocientas mil con esta.-Le susurro, y me contesta con una amplia sonrisa de satisfacción.
-¿Voy a pedir chicas, queréis algo en especial?- Sí, que te vayas, oh… como me hubiése gustado decirlo en voz alta, que lástima que mis padres me hayan educado bien.
-No gracias.-Responde Clara por las dos.

El resto de la tarde el tío no hace más que cortarme mientras hablo, acaparar la atención de Clara y pedir ronda tras ronda, cuando nos levantamos para irnos se dirige a mi.

-Bueno, pues ya nos veremos en clase de latín chica.
-A ver a ver, “chico” no me vuelvas a llamar así, ¿está claro? –Le contesto arrogante.
-Por supuesto señorita “Necesito sol para no tener está piel blanca y ah… no te acerques que muerdo”.
-Eres un borde al que no tengo la intención de caerle bien.-Le afirmo con una sonrisa irónica. –Clara contempla la escena, ahora sí, con la pareja de al lado, y yo que creí que estaban de mi parte…
-Te corrijo, borde sexy.
-Tu tienes de sexy lo que tiene mi pastor alemán de inocente cuando empieza a cazar palomas, ¡nada! –Mataré a Clara, estos tipos sacan de mi lo peor, y con lo peor me refiero a que me divierte humillar a los cretinos.
-Entonces tu pastor alemán debe de tener un compinche muy bueno al que tu no ves, te gusto.
-Tanto como que me den jaquecas, y no soy masoquista.
-Estoy declarado tu sexy preferido, genial, hasta mañana. –Se despide, y lo hace enserio, se ha ido, pero no sin antes yo decirle:
-¡Hasta nunca!

Clara ha pagado, será gorrón, encima se va sin pagar.

-Cariño cada día empeoras más eh…-Le digo.
-Será eso, pero a ti te resulta sexy, no se que me da más miedo. –Me contesta mientras ponemos rumbo a casa.
-Arggggg! No es sexy, no me parece sexy, está bien, es un borde muy “sexy”.

Simplemente Alicia.